LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL CONVIERTE A LOS PUERTORRIQUEÑOS EN CIUDADANOS ESTADOUNIDENSES
Explicaba hace un tiempito que el proyecto colonial estadounidense en Puerto Rico tuvo un motor geopolítico; pero también tuvo uno económico. Puerto Rico es una isla pequeña, de menos de 9,000 km cuadrados de superficie, pero con tierras muy fértiles, ideales para la producción agrícola intensiva de múltiples productos, muy especialmente de los que conforman la llamada ¨Economía de Postre¨ como la caña de azúcar, el café, el tabaco y el cacao.
Pocos años después de los marines estadounidenses haber invadido a Puerto Rico, la Isla del Encanto se había convertido en un gigantesco ingenio azucarero que le permitía figurar entre los cinco más grandes productores del apreciado dulce en el mundo. Obviamente, este proceso trajo consigo el crecimiento de una clase obrera a la que hubo que explotar de manera intensiva para sacar el mayor provecho posible de su sudor; y también el surgimiento de luchas sociales que se tradujeron en una represión sistemática que hizo amarga el azúcar boricua.
De esa manera, la explotación intensa de los cañaverales riqueños convirtió a miles de jíbaros, así se llamaban a si mismos los habitantes de la zona rural puertorriqueña, acostumbrados hasta el momento de la ocupación estadounidense a una vida plácida, aunque miserable, en esclavos de nuevo cuño sometidos al yugo proletario que eliminó los placeres de la existencia bucólica que disfrutaron los puertorriqueños hasta el 1898.
Cuando promediaba el tercer quinquenio del siglo XX, Europa se vio sacudida por una gran guerra que hoy aparece en los libros de historia como Primera Guerra Mundial, la cual en su momento se conoció como la Gran Guerra Europea, porque los combates estuvieron limitados al Viejo Continente. En 1917, cuando vislumbraba el triunfo del bando encabezado por Inglaterra y Francia, los Estados Unidos irrumpieron en la Gran Guerra acelerando la derrota del bando encabezado por Alemania.
Antes de la entrada de Estados Unidos en la guerra europea, en los círculos de poder de Washington se discutió el problema de la escasez de soldados estadounidenses dispuestos a ir a dejar su vida en los campos de batalla europeos por una causa que ellos no entendían. Para complicar más situación, la mayor parte de los estadounidenses estaba compuesta por individuos de ascendencia europea que figuraban a ambos lados de la tragedia que implica toda guerra. Fue en esas circunstancias que alguien muy inteligente en Washington identificó a Puerto Rico como un semillero de voluntarios de guerra que había que aprovechar.
Un día cualquiera de 1917 los puertorriqueños se enteraron que un plumazo del Presidente estadounidense Wilson firmando la llamada Ley Jones los había convertido en ciudadanos de la nación más poderosa del mundo. La antes mencionada ley introdujo avances como el reconocimiento de los derechos ciudadanos de las mujeres y la capacidad de los puertorriqueños para elegir un Senado colonial. Esa ley fue aceptada por la enorme mayoría del pueblo puertorriqueños, encontrando la oposición de unos cuantos centenares de hispanófilos fieles al León Español. Otros pocos, atados al sueño de un Puerto Rico independiente, vivieron en un limbo nacional hasta el día de su muerte.
A los pocos días de ser proclamada la Ley Jones, la geografía de Puerto Rico era peinada por oficiales de las fuerzas armadas de los Estados Unidos que ofrecían villas y castillos a miles de jóvenes boricuas, sobre todo de los campos, que vivían en medio de una miseria de espanto. Esta cosecha de combatientes voluntarios fue un éxito resonante de la administración del Presidente Wilson; en cuestión de semanas la sangre boricua abonaba los campos de batalla de Europa. Uno de esos jóvenes humildes que se integró al ejército estadounidense se convertiría, a partir de su paso traumático por los batallones estadounidenses, en el líder fundamental del independentismo puertorriqueño. Un día de estos, si Dios quiere, discutiremos ese tema.
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